De festival II parte

Después de nuestra experiencia el viernes, el sábado repetimos con la mochila. Suponíamos que habría algo más de público, y conducir el carro entre la gente me resulta un calvario. Además, qué caramba, la gordi está tan cómoda y mamá tan tranquila por tenerla pegadita a su pecho que bien merece el esfuerzo.

Como habíamos llegado más pronto esta vez, nos dio tiempo a acercarnos a la guardería a curiosear. Sí, guardería. Estos señores tienen una zona de guardería para niños entre 3 y 12 años. Puedes hacer uso de ella o no, pero al menos tienes la opción.

Entramos para ver a Grises. Parecía que la gordi ya se había acostumbrado a los cascos para el ruido, después de haber estado parte del viernes intentando una y otra vez zafarse de ellos, así que pudimos relajarnos, disfrutar del concierto y pegarnos unos bailoteos.

De festival II parte

A la gordi le encanta bailar. Al principio se conformaba con que la cogieras en brazos imitando bailar en pareja. Si te parabas, ella pataleaba para que continuases. Hasta que aprendió a mover los brazos, y luego la cabeza, y ahora, el cuerpo le pide baile cada vez que suena algo de música.

Teníamos un buen rato hasta el siguiente concierto, así que, decidimos acercarnos a cenar algo. En muchos festivales se desatiende bastante el tipo de comida que se vende. Deben pensar que por el simple hecho de ir, tienes que comer toda suerte de porquerías insanas a precio de oro, y encima estar satisfecho.
Yo soy bastante pejiguera con el tema, por eso me alegra bastante cuando encuentro alternativas de calidad. Pero como a esas alturas la gordi ya dormía plácidamente, no tuve ocasión de darle a probar mi exquisito kebab andalú.

Con el estómago lleno me flaquearon un poco las fuerzas, pero oye, ya que habíamos llegado hasta ahí no íbamos a irnos.
Menos mal, porque quedaba lo mejor. No sólo por dos pedazos de conciertos que hacía tiempo que no veíamos, sino por el ambiente. Era genial ver cómo pequeñajos de apenas cuatro años aplaudían sin descanso o cantaban emocionados junto a papá. Eran auténticos mini fans!!

Como llegará el día en el que la gordita no quiera salir con sus padres ni compartir aficiones, habrá que aprovechar lo máximo hasta entonces!

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Los bebés no ensucian

Me encanta el orden, lo confieso. Soy una auténtica obsesa de que todo esté bien en su sitio, como de anuncio. Y por supuesto limpio y reluciente.
Ya me costaba lo mío tener mi casita impoluta con un perraco de 40 kilos con alopecia y gusto por restregarse por cualquier superficie blanca, pero nunca pensé que habría algo peor que hiciera temblar mis esquemas sobre qué está limpio y que no. Ya podéis imaginar el qué. O el quién: la gordita.

Antes de que llegara lavé toda su ropa, la nuestra, al perro… y dejé todo listo y ordenado. Sabía que se aproximaban algunas semanas en las que iba a tener que bajar el listón higiénico. Hasta que me recuperara, porque, como todo el mundo sabe, los que ensucian son los niños mayores, con sus pinturas, su chocolate, sus juguetes por el medio y sus mocos. Ja-ja-ja-ja. Sí, así de pardilla era yo!

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Primero vinieron las cacas. O era particularmente cagona o me lo parecía a mí, porque yo no hacía más que frotar bodies en el lavabo. Ouch!
Cuando parecía que ya no había más escapes de pañal, llegaron las regurgitaciones de leche y los pequeños vómitos. ¿Qué había comido el angelito para que aquello oliera así de mal? y sobre todo ¿por qué yo también olía de esa manera?

Evidentemente, cada vez que nos manchábamos, corría a lavarla con jabón y cambiarle la ropita. Aquello era un sin vivir. Todo el día lavando y desnudando a la pobre criaturita. Así que decidí “conformarme” con darle con una toallita húmeda sobre la mancha y mirar para otro lado. Me costó, no voy a mentir, pero luego ya me salía natural. Incluso si no tenía toallita, una gasita o un pañuelo me venían bien.
Llegados a este punto, comencé a darme cuenta de que aquello era un camino sin retorno.

A los seis meses empezamos con la alimentación complementaria. Motivadísima comencé a darle a probar la comida en pequeños trozos, para que ella investigara las texturas, los tamaños (el método baby led weaning, vaya) Ya decía el libro que aquello era un sistema un poco guarrete, pero, yo confiaba en que mi niña iba a atinar a meterse la comida en la boca a la primera y que no ensuciaría tanto.
Aún así, en cada comida la cambiaba de ropa, la forraba con un maxi babero y le subía las mangas hasta el codo. Daba igual cuánto la preparara, acababa de mugre hasta la coronilla. Literal, porque tiene la costumbre de frotarse el pelo justo cuando más comida tiene en las manos. Así que, como podeis imaginar, me relaje, y ahora sólo le pongo un babero.

Y llegó el gateo. Ver a un bebé gatear es un espectáculo, verdad? pues las primeras veces yo sólo podía verla como una pequeña mopa que arrastraba toda la suciedad del suelo. Se le quedaban pegados los pelos del perro, las pelusas, las migas…Y luego, la tenía que coger en brazos, y yo con la camiseta blanca!!
Me llevé semanas debatiéndome entre mantener a mi hija limpia, limitando sus ansias de avanzar, o aparcar mis deseos de limpieza. Me terminé acostumbrando, claro.

A estas alturas, creo que ya no tengo la más mínima duda de que esto va para largo, y que no merece la pena sofocarse ni perder el tiempo, y que la limpieza no da la felicidad.
Así que, en esas estamos, con la gordita sucia y la casa sin barrer!

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Al agua patos!

Más allá de los parecidos físicos razonables, una de las cosas que más me llaman la atención de la gordita es que le gusten las mismas cosas que a mí: las manzanas, el pan, el mando de la tele, los taquitos de jamón, el agua… El agua en todas sus versiones. La bañera, el mar, y la piscina.

Cuando se acercaba el verano una de las conversaciones más recurrentes entre amigos y familia era qué reacción iba a tener en la playa, con el mar o en la piscina. “Seguro que le va a gustar”, “a mi hijo las olas le dan miedo”, “mi niña se comía la arena”… A mí realmente me daba un poco igual, pero ante tanto comentario, tengo que decir que me picaba un poco la curiosidad, la verdad.

Aunque de primeras el tacto de la arena no le agradó demasiado, con el mar fue un auténtico flechazo. Se tiraba de los brazos para bañarse, mojarse los pies, o chapotear.
Su reacción con la piscina no se quedó atrás. Por muy fría que estuviera, quería seguir dentro.

Visto lo visto, comencé a buscar dónde podíamos ir a natación en invierno. No pretendo que aprenda a nadar (que tampoco estaría de más!), sino más bien compartir con ella ese momento que le produce una felicidad infinita.

Al agua patos!

El lunes comenzaron las clases. Aunque el grupo es para bebés de 1 a 3 años, la gordita es la más pequeña con diferencia. Los demás sobrepasan los 2 años. Pero, ¿por qué? ¿por qué no hay bebés de su edad? Sencillo, porque las instalaciones no son muy cómodas para bebés con poca autonomía.
Acceder con el carro por los tornos de la entrada no es muy adecuado, por lo que vamos con la Tonga. Pero claro, desvestirte con la niña sentada en los bancos del vestuario (procurando que no se caiga), ponerle el gorro de látex o ducharte con ella en brazos, pues no es el colmo del confort que digamos.
Pero que todo es organizarse. No es tan complicado poner un pañal con una sola mano, o retirarle el gorro con la boca porque está mojada y no quieres soltarla por si se te escurre :)

Aún así, la experiencia está valiendo la pena. Ya hemos jugado con el churro, flotado, salpicado agua, mordido los pececillos de juguete, saltado desde la colchoneta, hecho amigos. Y seguro que aún quedan muchas más cosas por hacer.
Dentro de unos pocos meses, nos habremos olvidado de todos esos inconvenientes, y la gordi campará independiente por la piscina.
Y mientras ese día llega, paciencia!

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#Nomáscolgonas

Antes de quedarme embarazada no conocía más que la existencia del carrito para llevar a tu bebé. Sí, así en general, el carrito (nada de 3 en 1, capazo, maxicosi, silla paraguas…) Desconocía otras opciones, entre otras cosas porque, hasta ese momento me daban exactamente igual. No tenía un bebé que pasear, traer o llevar, así que, ¿por qué habría de estar enterada?
Si a eso le sumamos que, al menos por dónde yo vivía, no había visto jamás (o no me había fijado, claro!) a nadie transportando un bebé de forma diferente, pues lo dicho, ignorante total!

Para mi sorpresa, en las clases de preparto Claudia, mi matrona, nos enseñó un día cómo portear empleando un fular. Nudo para arriba, nudo para abajo, con mucho cuidadito, la cabecita por aquí, ajustando por allá. Me quedé literalmente fascinada de que un trocito de tela (bueno, si a 4 metros se le puede llamar “trocito”) diera para tanto. Eso sí, tanto barba-papá como yo pensabamos que eso no era para nosotros. Menudo lío!

Pero como la curiosidad mató al gato, comencé a buscar información sobre el porteo. Qué decía la gente, otros sistemas, ventajas e inconvenientes. Leí mucho, muchísimo, y aprendí más aún. Aprendí que el cuerpecillo del bebé es muy delicado, que hay respetar esa formita encogida que todos adoptan, y que no es cuestión de forzarlo poniéndoles en mochilas dónde cargan su peso sobre los genitales y dejan las piernas colgonas.
Aprendí qué era el porteo ergonómico, y la posición de ranita para el correcto desarrollo de su espalda, y que el fular debía llegarle a la altura de las corvas. Descubrí lo seguro que se sentía el bebé, pegadito a tu cuerpo.

Entonces, si estaba clara cuál era la manera correcta, ¿cómo era posible que en casi todas las tiendas sólo vendieran esas mochilas odiosas? ¿por qué la gente las usaba? Supongo que por desconocimiento, o por no pararse a cuestionar nada. Por eso, la iniciativa #nomáscolgonas me pareció magnífica como medio para combatir esa desinformación, porque, pese a que cada vez que tengo ocasión suelto el rollo del porteo ergonómico, aún queda mucho por hacer.

Y ahora que ya lo sabes, únete!!

De festival I parte

Nos gusta la música, y si es en directo, mucho más. Por eso, antes de llegar la gordita, solíamos frecuentar salas, bares, parques, o cualquier lugar dónde disfrutar de la cercanía de un buen concierto. Y eso incluye festivales. Hemos ido a muchos. Esa pulserita que debías llevar todo el finde…era nuestra perdición :)

Pues ahora también vamos! Lo único es que nos ponemos algo más exquisitos a la hora de elegir. Las instalaciones, la distancia hasta casa, los horarios de los conciertos…Suerte que cada vez hay más iniciativas para que padres e hijos puedan compartir este hobby.
Es el caso del South Pop de Isla Cristina del pasado fin de semana. No es un festival enfocado a los más pequeños, pero es respetuoso con los que vamos con nuestra familia, y te lo ponen todo un poco más fácil.

Al llegar es verdad que tuvimos un momento de pánico. De pensar “No veo padres con niños…a ver si la hemos cagado y esto no es lo que creíamos!!” pero a poco que echamos un vistazo nos relajamos. En la puerta nos hicieron firmar un documento en el que se nos advertía de que en el interior había bebidas alcohólicas, y que éramos responsables en caso de que la gordi se acercara a la barra a pedirse un cubata.

El recinto es un auditorio dentro de un parque, por lo que pasear, sentarse o acercarte a la barra no es una carrera de obstáculos.
Dimos una vuelta de reconocimiento y constatamos que no es un festival multitudinario. No sé, yo es que soy muy mala calculando, pero ¿cuántos podíamos estar allí? ¿900 personas? ¿1000? Las suficientes para crear ambientillo y no sentirte agobiado. No sé vosotr@s pero a mí las multitudes con la gordi me abruman bastante. Mejor así.

De festival I Parte

Barba-papá se moría de ganas por ver a Françoiz Breut así que tomamos posiciones enseguida. Nos pusimos en la parte más alta del auditorio. No teníamos nadie detrás al que molestar con posibles llantos, y el volumen se disipaba bastante. Menudo acierto llevarnos la mochila, porque a ver quién habría sido el guapo que sube el carro hasta allí!
En cuanto empezó el concierto nos dimos cuenta de que habíamos elegido bien. El escalón superior del anfiteatro se llenó de padres, madres, tíos con sus niños, bebés o adolescentes. Piuf, ya nos sentíamos más integrados!

Como todos, la gordi tiene sus propios gustos musicales, y se conoce que la chanson francesa le aburre un poco y no tardó en dormirse. A ella le va algo más cañero, porque bien que se entregó al baile con Exsonvaldes.

Como novatos en esto de festivalear con niños decidimos que ya era suficiente. Estabamos cansados del viaje, y aún quedaba el sábado para seguir de marcha.

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Bienvenid@ a casa

A unos pocos días de que la gordita cumpla su primer año, son muchas las cosas que han cambiado en nuestras vidas.

Hemos pasado de un mini-apartamento de pareja en el centro, a una casa con mucho espacio, césped y piscina, cortesía del abuelo.
De tener muy pocas horas libres, una agenda apretada y muchos quebraderos de cabeza, a disponer de bastante más tiempo para ocupar en lo que realmente nos apetece (y seguir teniendo muchos, muchísimos quebraderos de cabeza)
De trabajar fuera sin descanso, a trabajar desde casa a otro ritmo más pausado.
Pero a cambio, hemos dejado atrás un proyecto más que chulo que nos ha robado hasta el alma.

Y a pesar de que son demasiados cambios para alguien tan cuadriculada como yo, creo (y deseo) que nos va a ir fenomenal, y por eso, aquí estoy para contarlo.

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