Categoría: Personal

Los peligros de googlear

Comenzaré diciendo que no soy especialmente aprensiva (aunque es posible que no lo parezca después de lo que voy a contar) En lo que a cuestiones médicas se refiere, nunca suelo ponerme en lo peor, no creo que esa tos que arrastro hace meses sea síntoma de ninguna enfermedad mala, larga e incurable. Tampoco leo los prospectos con la intención de encontrar algo con lo que alarmarme.

No, eso no va conmigo. O no iba, porque al quedarme embarazada, toda esa preocupación y esos miedos que había mantenido a raya vinieron a caer sobre mí, de golpe.
Y ahí estaba google para ponerse de mi lado. Para decirme que sí, que la forma de mi útero seguro que me daría problemas, que el hematoma no iba a desaparecer jamás, que si me bebía un colacao tendría que lidiar con la diabetes gestacional, y que si no sufría ardores de estómago señal de que algo no marchaba bien. Verdades como puños, vaya.

Y es que casi dos meses en reposo dan para mucho. Raro era el día que no repasaba mis lecturas de cabecera: foros de embarazadas que habían sufrido alguna pérdida, páginas de afectadas por algún medicamento o noticias de víctimas de una mala praxis médica. Todo de lo más reconfortante.

doctor_google

Al pobre Barba-papá (barba-novio por aquel entonces) lo traía frito. Cada vez que salíamos del médico me decía con sorna, hala, corre a buscar lo que te han dicho en google, a ver qué encuentras. Y yo, muy ofendida, intentaba explicarle que no me inventaba nada, que lo había leído, que todas esas desgracias pasaban. Y que la gente lo compartía para desahogarse o ayudar.
Barba-novio me contestaba siempre igual ¿y todos lo embarazos son así, cúmulos de calamidades? ¿nadie vive experiencias positivas y las cuenta? ¿dónde estaban todas esas vivencias agradables?

Vale, lo pillo, creo que estoy sesgando las búsquedas con mi pesimismo. No es lo mismo buscar “hematoma uterino y aborto” (ahí es nada) y ponerte a leer el primer foro que te aparezca, que buscar “hematoma uterino” y dar con una revista médica con toda la información objetivamente presentada.

Con todo y con eso me costó darme cuenta de que google, en manos de una revolución hormonal con patas como es una embarazada, era un peligro. Vas a encontrar lo que buscas, y eso no es siempre bueno. Si quieres leer cosas chungas, ahí están, esperándote. El ciberespacio está repleto de relatos espantosos.

Así que, comencé mi propia cura de desintoxicación. Nada de googlear cosas feas, no había necesidad. Nada de teclear los resultados de las analíticas, que para eso estaba mi médico. Huir a toda costa de cualquier contenido deprimente, y sobre todo, sentirme afortunada, porque tras el susto inicial, todo iba sobre ruedas.

Evidentemente, cuando nació la gordita pensé que iba a volver a las andadas (imaginaos, la inseguridad de una primeriza!), pero no fue así. Había seguido junto a google, no os mentiré, pero había aprendido a centrar mi atención en la información veraz, a encontrar fuentes fiables, y no simples comentarios, a contrastar, a buscar diferentes puntos de vista, a investigar y leer también fuera de la red, a preguntar, a buscar asesoramiento. A tener confianza. En definitiva, había hecho buen uso de una herramienta tan potente y le había sacado el jugo.

Tengo claro que muchas cosas están por llegar, y que me queda muchísimo por aprender, pero al menos, ahora tengo a google de mi lado!

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Un trabajo sin valor

El otro día, gracias a Monitos y Risas, me topé con este interesantísimo artículo que me dió qué pensar.
No hay que ser un lince para entender que la estamos cagando, y mucho, despreciando un trabajo que es uno de los pilares de nuestra sociedad. Sí, me pongo intensa, pero resulta que los bebés humanos no son capaces de valerse por sí mismos durante unos cuantos años, y claro, alguien tiene que estar a su lado, guiándoles y protegiéndoles, no?

Si esa labor la desempeña una cuidadora, un profesor, o un abuelo nadie duda de que se trata de una tarea encomiable y digna de admiración, pero si por el contrario es la madre la que decide, por ejemplo, aparcar su profesión y quedarse en casa con el bebé, muchos la tacharán de perezosa o aprovechada.
“Mira, ahora ya no trabaja y sólo cuida de su bebé”  ¿Cómo? ¿Qué no trabaja? Está claro que la ignorancia es demasiado atrevida, porque si alguien ha pasado siquiera un día completo con un bebé sabrá que es agotador, un no parar. Además, no estamos hablando un trabajo de ocho horas del que te despreocupas al salir, son 24 horas de dedicación y entrega.

Y pensarán algunos que claro, que yo qué voy a decir si soy madre, trabajo desde casa y así cuido de la gordi “cómodamente” full time! Pues no señores, lo digo porque durante muchos años yo he sido tan estúpida como para creer que ser madre era tarea para mujeres mantenidas y aburridas que se dedican a criar como conejas para matar el tiempo. Pensaba que la maternidad era totalmente incompatible con mujeres liberadas y seguras de lo que quieren. Y que la única manera de ser y sentirse útil era a través de una profesión remunerada.

Una madre nunca descansa, 24 horas de dedicación y entrega.

 

Poco a poco fui matizando mi postura, aunque seguía teniendo muchos prejuicios. Como la idea de que la maternidad nos hacía débiles, y nos convertía en seres mononeuronales cuyo centro de gravedad estaba en el ombligo de nuestros hijos. O que irremediablemente una madre no era capaz de tener otras aspiraciones en la vida más allá del cuidado de su prole. O que ser madre no se podía considerar un trabajo porque nadie te pagaba por ello.

Sólo bastó algo de tiempo (y una pizca de experiencia) para darme cuenta de lo equivocada que estaba.
Cuando eres madre no dejas de ser mujer, ni amante. Puedes seguir siendo una gran profesional, continuar teniendo aspiraciones, mantenerte curiosa, inquieta. No te lobotomizan en el parto. Es normal que tu universo gire en torno a tus pequeños, pero es mucho más amplio, y tiene multitud de planetas que también llaman tu atención. Una madre nunca descansa, y no espera una nómina a final de mes.

Por eso, me enfurece tanto la gente que desmerece este trabajo, que utiliza el término madre como algo peyorativo sinónimo de histérica descerebrada. Esa gente que olvida la labor que hicieron sus propias madres, y que piensa que son mejores personas que tú. Aquella gente que te da la brasa con sus interminables monólogos sobre su jefe, pero que desoye tus anécdotas con los niños porque “sólo son cosas de madre” y eso en las categorías laborales se valora a la baja.

Será la edad, la hora o las hormonas, pero si de algo estoy segura es de que ser madre es el trabajo más duro que he tenido jamás, el más intenso y con mayor responsabilidad, pero sin duda, del que estoy más orgullosa, aunque no cotice a la seguridad social!!

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El rosa no es un color

Así es, el rosa no es un color. Los científicos parecen estar de acuerdo en que el rosa no es un color que se halle entre el espectro de colores de la luz.
Pues para no existir, bien pesaditos que están algunos con el dichoso (no) color!
A mí en particular nunca me gustó demasiado. Cosas de familia, supongo, porque a mi madre tampoco le agradaba, y creo que eso caló hondo en mi relación tormentosa con el dichoso colorcito.
Realmente no es que sienta tirria por el rosa, es más bien que no comprendo ese pensamiento único que dicta que por ser mujer te debe gustar o que las niñas deben vestir de pies a cabeza de ese tono.

Cuando supe que daría a luz a una niña, se me pusieron los pelos como escarpias pensando en esa cantidad de fanáticas del rosa inundando mi salón con vestidos con grandes lazos, zapatitos bordados y juguetes. Todo en mi recién descubierto “rosa-bebé”. Porque además, el amante del rosa siente un gusto irrefrenable por vestir a los bebés como lo hacían sus abuelas (camisas de organza, capotas o faldones), y yo soy más de body de algodón.

Así que, decidí anticiparme, y dejé claro entre amistades y familia que no quería nada que oliera siquiera a rosa o que fuera excesivamente clásico. No debían sentirse obligados a regalarnos nada, de verdad, pero si lo hacían, les gustaría saber qué nos agradaba y qué no.
A pesar de que hubo a quién le costó entenderlo, nos parecía que la mejor manera de vestir a un bebé era con prendas cómodas, que no le molestasen, y que fueran sencillas de poner, quitar o lavar. Y que hay vida más allá del rosa!

flamencoRosa

La mayor parte respetó nuestras indicaciones (a pesar de que a menudo es complicado encontrar una alternativa), así que pensamos que no era tan difícil de entender: se podía ser niña y no vestir de rosa.
Pero, ¿de verdad se podía? Pues para mi sorpresa, para la mayor parte de los mortales, un bebé que no va adornado como un altar y que no viste de rosa de los pies a la cabeza es…un niño!

Al principio no decía nada cuando, en el ascensor por ejemplo, alguien comentaba que qué mono era mi niño. Para qué dar explicaciones.
Pero resultaba algo cansino escuchar todo el rato lo mismo, así que pensé que si aclaraba que era una niña, la gente se disculparía por el error.
Pues nada más lejos. En cuanto les hacía saber que estaban equivocados, inmediatamente alguien me respondía cargada de razón y con cara de reproche: “hija, como la llevas de turquesa, no tiene pendientes, y con ese corte de pelo que le has hecho…”(!!??)
Perdone señora, pero el turquesa le sienta genial, no le he perforado las orejas porque ya lo hará ella solita si le apetece, y de qué corte de pelo me habla si ése es todo el pelo que le ha salido desde que nació!
¿Cómo podía ser la gente tan limitadita de miras? Y tan mal educada, oiga.

A estas alturas continuamos igual. A la gordita no le ha crecido mucho más el pelo, y su fondo de armario continua evitando el rosa. Mamá por su parte, sigue sacando las uñas ante la gente grosera.

Buen fin de semana!

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No cumpleaños

Por segundo año consecutivo barba-papá se ha quedado sin cumpleaños. No es que se haya plantado y no quiera más años o más canas, es sólo que el pobre no ha tenido ocasión de ser protagonista, y se ha visto eclipsado por la gordi.

El año pasado fue inevitable. Apenas seis días antes había nacido la gordita, aún estabamos en la clínica recuperándonos, y sólo unos pocos recordamos que, aparte del bebé más hermoso del mundo, alguien también necesitaba besos y abrazos (y por qué no, una buen a tarta)

NoCumpleanos

Este año quise que fuera diferente, pero no lo logré. Primero porque pusimos tanto empeño en organizar bien lo de la peque, que dejamos a un lado lo demás, y luego porque barba-papá no tenía muchas ganas de protagonizar festejos. Está siendo un año duro para todos y está agotado. Me lo dice su mirada.
Está exhausto de luchar para salvar los trastos y rescatarnos a todos. Anda malhumorado, triste, aún cuando sabe que no hay fórmulas mágicas para que las cosas funcionen, y que es mejor haberlo intentado que sólo haberlo soñado.

Por eso hoy celebraremos el no cumpleaños de barba-papá! Decidirá qué quiere hacer y que no. Le daremos Nocilla para la merienda. Le regalaremos besos y cosquillas. Le proclamaremos el rey de la casa, y le repetiremos una y mil veces que siempre, siempre, estaremos ahí para intentar hacerle feliz.

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Interrupciones

En general tengo dificultad para concentrarme en algo concreto. Voy saltando de idea en idea, no priorizo y practico la multitarea. Agolpo ventanas del explorador cuando trabajo (una, y otra, y otra…), me convierto en la mujer pulpo cuando cocino, y me lavo los dientes mientras me depilo.
Eso sí, cuando me llega la concentración, entro en un estado de trance que da miedito, por eso me irrita tanto que me interrumpan y tener que dejar a un lado lo que estoy haciendo.

Estando embarazada leí un artículo que decía que las mujeres, cuando están gestando, están más dispersas, sufren frecuentes distracciones y disminuye su nivel de concentración. Todo cierto, aunque, si un hombre tuviera la gran responsabilidas de traer a este mundo una personita, creo que también tendría la cabeza en
otra parte! Pero, ¿qué sucede después? ¿No hay estudios al respecto? Yo te diré qué viene después: comienza tu nueva y entrecortada vida.
Un continuo paréntesis, un mundo en el que la concentración como la conocía hasta ahora simplemente se esfuma. Los bebés huelen esos momentos de “distracción” de sus mamás y atacan :)
Vienen con el don de la oportunidad debajo del brazo.

pulpo

* Olvídate de los baños relajantes, las mascarillas para el pelo o la manicura, porque tu bebé considera ese momento el ideal para un ataque de mamitis.

* Ctrl+S, Ctrl+S! Guarda a menudo los documentos con los que estés trabajando. Es posible que te tengas que levantar una docena de veces, y al volver cierres sin darte cuenta el programa, y te lleves por delante lo poquito que has conseguido hacer.

* Comienzas a hablar por teléfono por fascículos. – ¿Qué tal te fue..? Un momento que la niña llora… Qué me decías?…No, no te metas eso en la boca!!…No, no es a tí…Sí, si te estoy atendiendo…

* Nunca más cenarás de un tirón. Justo cuando tengas el plato caliente delante, se despertará llorando y reclamando a mami.

* Si nunca antes usaste marcapáginas, compra uno, y hazte con una buena cantidad de post it para anotar.

* Cada minuto dura 60 segundos, no desaproveches ninguno. Te sorprenderás de lo que puede dar de si una cantidad de tiempo tan breve.

* Cocina con guantes. De otro modo, cuando tengas las manos pringadas de masa de croquetas, tendrás que coger a tu bebé después de un coscorrón.

* Despídete del silencio. Siempre habrá algún sonido perturbador. Un gimoteo, un ladrido, un juguete que pita…y si no lo hay, desconfiarás e irás a ver si todo está en su lugar.

Y poco a poco se van sumando más y más puntos. Y por mucho que estuvieras habituada a hacer varias cosas a la vez, tendrás que renovar tu técnica, o aprender otra totalmente mejorada. Entender que tu bebé siempre tiene una buena razón para interrumpirte, que no lo hace para fastidiar.
Y si a eso le sumas un poquito de yoga, o ejercicios de respiración para lidiar con el estrés que te va a suponer esto, mucho mejor.

Suerte que las mamás venimos con un chip que acelera la adaptación a este tipo de situaciones, aprendemos rápido y perdonamos aún más rápido.
Unos lo llamarán supervivencia, y otros, simplemente amor.

Y a ti ¿Quién te interrumpe?

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Los bebés no ensucian

Me encanta el orden, lo confieso. Soy una auténtica obsesa de que todo esté bien en su sitio, como de anuncio. Y por supuesto limpio y reluciente.
Ya me costaba lo mío tener mi casita impoluta con un perraco de 40 kilos con alopecia y gusto por restregarse por cualquier superficie blanca, pero nunca pensé que habría algo peor que hiciera temblar mis esquemas sobre qué está limpio y que no. Ya podéis imaginar el qué. O el quién: la gordita.

Antes de que llegara lavé toda su ropa, la nuestra, al perro… y dejé todo listo y ordenado. Sabía que se aproximaban algunas semanas en las que iba a tener que bajar el listón higiénico. Hasta que me recuperara, porque, como todo el mundo sabe, los que ensucian son los niños mayores, con sus pinturas, su chocolate, sus juguetes por el medio y sus mocos. Ja-ja-ja-ja. Sí, así de pardilla era yo!

dibujo

Primero vinieron las cacas. O era particularmente cagona o me lo parecía a mí, porque yo no hacía más que frotar bodies en el lavabo. Ouch!
Cuando parecía que ya no había más escapes de pañal, llegaron las regurgitaciones de leche y los pequeños vómitos. ¿Qué había comido el angelito para que aquello oliera así de mal? y sobre todo ¿por qué yo también olía de esa manera?

Evidentemente, cada vez que nos manchábamos, corría a lavarla con jabón y cambiarle la ropita. Aquello era un sin vivir. Todo el día lavando y desnudando a la pobre criaturita. Así que decidí “conformarme” con darle con una toallita húmeda sobre la mancha y mirar para otro lado. Me costó, no voy a mentir, pero luego ya me salía natural. Incluso si no tenía toallita, una gasita o un pañuelo me venían bien.
Llegados a este punto, comencé a darme cuenta de que aquello era un camino sin retorno.

A los seis meses empezamos con la alimentación complementaria. Motivadísima comencé a darle a probar la comida en pequeños trozos, para que ella investigara las texturas, los tamaños (el método baby led weaning, vaya) Ya decía el libro que aquello era un sistema un poco guarrete, pero, yo confiaba en que mi niña iba a atinar a meterse la comida en la boca a la primera y que no ensuciaría tanto.
Aún así, en cada comida la cambiaba de ropa, la forraba con un maxi babero y le subía las mangas hasta el codo. Daba igual cuánto la preparara, acababa de mugre hasta la coronilla. Literal, porque tiene la costumbre de frotarse el pelo justo cuando más comida tiene en las manos. Así que, como podeis imaginar, me relaje, y ahora sólo le pongo un babero.

Y llegó el gateo. Ver a un bebé gatear es un espectáculo, verdad? pues las primeras veces yo sólo podía verla como una pequeña mopa que arrastraba toda la suciedad del suelo. Se le quedaban pegados los pelos del perro, las pelusas, las migas…Y luego, la tenía que coger en brazos, y yo con la camiseta blanca!!
Me llevé semanas debatiéndome entre mantener a mi hija limpia, limitando sus ansias de avanzar, o aparcar mis deseos de limpieza. Me terminé acostumbrando, claro.

A estas alturas, creo que ya no tengo la más mínima duda de que esto va para largo, y que no merece la pena sofocarse ni perder el tiempo, y que la limpieza no da la felicidad.
Así que, en esas estamos, con la gordita sucia y la casa sin barrer!

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Bienvenid@ a casa

A unos pocos días de que la gordita cumpla su primer año, son muchas las cosas que han cambiado en nuestras vidas.

Hemos pasado de un mini-apartamento de pareja en el centro, a una casa con mucho espacio, césped y piscina, cortesía del abuelo.
De tener muy pocas horas libres, una agenda apretada y muchos quebraderos de cabeza, a disponer de bastante más tiempo para ocupar en lo que realmente nos apetece (y seguir teniendo muchos, muchísimos quebraderos de cabeza)
De trabajar fuera sin descanso, a trabajar desde casa a otro ritmo más pausado.
Pero a cambio, hemos dejado atrás un proyecto más que chulo que nos ha robado hasta el alma.

Y a pesar de que son demasiados cambios para alguien tan cuadriculada como yo, creo (y deseo) que nos va a ir fenomenal, y por eso, aquí estoy para contarlo.

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