Categoría: Personal

Cuatro horas

Hoy os pido un ejercicio de imaginación. Sí, es lunes, pero prometo algo sencillito. Con la media neurona que te ha quedado después del madrugón, es suficiente.
Imaginad: un amigo te llama y te pide consejo. Viene de paso unas horas a tu ciudad, y, a parte de verte, querría que le indicaras en qué podría emplear el tiempo libre que tiene.

Son unas cuatro horas, pero se te ocurren cantidad de cosas. Parques por los que merece la pena pasear, pastelerías en las que charlar y arreglar el mundo frente a un exquisito trozo de tarta, pasarte por esa exposición que están a punto de clausurar, visitar el mercado (después de la obra es agradable deambular por los puestos), acercarte a la playa a respirar el olor a sal mientras tus hijos juegan en la arena, pasar a saludar a la librera que hace tiempo que no ves, acercarte al cine y comer palomitas, llevar a tu hijo a patinar, regalarte ese masaje que tanto te hace falta…

Párate a pensar y apunta qué harías tú, porque cuatro horas se pueden aprovechar más que bien.

Cuatro horas

Ahora, compara tu estupenda lista con esto, que se seguro que se asemeja bastante a lo que hiciste realmente con tu tiempo el sábado:

“Tienes un vídeo genial de tu hijo corriendo detrás del gato. Se lo vas a enviar por WhatsApp a tu hermana. Comprimiendo….ups, cómo tarda el chisme éste. Conectando… jo, otra vez la conexión. Te acercas más al router, que la antena del iphone falla día sí y día también. Venga, lo intentas de nuevo. Nada, que no quiere. Piensas en escribirle para preguntarle cómo está, y decirle que en un rato le mandas un vídeo de su sobri. Puebas de nuevo…Oye, que no hay manera de conectar.

Modo avión – modo normal, ese truco es infalible, ahora fijo que funciona.
¿Cómo es posible? Venga, apagas el wifi y te lanzas con el 3G….Pues estamos en las mismas. Jo, qué rabia, con lo chulo que es el vídeo. A ver, tu padre es de Android, intentas enviárselo a él. Sigues igual.

Tu cari te hace saber que a él tampoco le va. ¿Será tu compañía? La incertidumbre puede contigo. Pero, ahí está tu amigo en Facebook preguntando si alguien más tiene problemas con WhatsApp.
Bueno, parece que no estais solos…uf, pero esto pinta mal.

¿Fallo técnico en tu ciudad? Corres a Twitter, donde las noticias vuelan y lees algo…No, no me fío, piensas. Buscas fuentes fiables. y das con algo que te deja helada. Inimaginable. WhatsApp se ha caído.

Pero ¿se sabe cuánto tiempo vamos a estar así? Eres bastante conservadora, pero la angustia puede contigo, y te lanzas a descargarte Telegram. No te gusta, pero es que ¡esto es una emergencia! Eres optimista…Instalar… ¿Tampoco funciona? Va a ser que tienes chorrocientas aplicaciones ocupando memoria. Borras la de visitar Noruega, ésa que te hace una ruta para correr y la de canciones de cuna. ¡Ahora sí!, piensas esperanzada. Nada, miles de imbéciles como tú han pensado en la misma posible solución, y va a ser que tampoco es la correcta. ¿Qué te queda? ¿Esperar?

Compruebas la aplicación cada quince minutos, mientras buscas noticias frescas. Jo, parece que es a nivel mundial. Sudor frío. Ya llevamos cuatro horas ¿Hasta cuándo va a durar esta pesadilla?

¿Te suena? Sí, vale, he dramatizado un poco los acontecimientos, que si no no tenía chicha suficiente para un post completo, pero el que lea esto y no se sienta un poco identificado, miente vilmente. Reconócelo, tú también estás enganchado al móvil.

Y ahora que ya lo has admitido, ¿qué piensas hacer para cambiarlo?

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Cuando seas padre, comerás huevos

Si hay algo que delata tu verdadera edad no es esa arruga de tu frente o la forma de vestirte, es el uso que haces del refranero. Esas pinceladas de sabiduría popular que con veinte años ni se te pasaría por la cabeza mentar, ahora salen de tu boca con una facilidad…Expresiones y frases hechas que detestábamos forman parte ahora de nuestro día a día.

Hay una en concreto que siempre me pareció inquietante: Cuando seas padre, comerás huevos.
Y pese a que haya estudiosos que encuentren el origen de la expresión aquí, yo puedo decir con orgullo que al convertirme en madre, he encontrado su verdadero significado.

¿Cuál es? Pues, muy atentos…que cuando seas padre (o madre), comerás huevos. Tal cuál. Le servirás a tu hijo un huevo, tortilla o revuelto, y el resultado siempre será el mismo. ¡Los huevos te los comes tú!
Sí señores, desde que soy madre tengo la proteína en plena forma.

huevo_ok

Pero una no se rinde tan fácilmente, y cada semana reinventa la presentación del huevo a fin de que la gordi llegue a comérselo.
Como imagino que no seré la primera ni la última con este contratiempo, me decido a compartir mis ensayos culinarios y sus respectivos resultados:

– Yemas a la plancha
En mi casa el debut del huevo fue a través de esta receta. Primero sólo las yemas, por precaución frente a posible intoxicaciones, y luego, entero.
Una gota de aceite en la sartén y a esperar a que la clara se cocine. Espátula en mano, y media vuelta para que se termine de cuajar entero. Pimienta al gusto, y listo para comer.

Resultado: El estreno terminó 1-0 a favor del huevo. Altibajos en los sucesivos encuentros. Como aún queda competición, mantenemos la esperanza.

– Tortilla francesa
Mis expectativas eran altísimas. La cena infantil por excelencia no me podía fallar.
Tras un comienzo aceptable, entramos en barrena y ahora no hay manera de que se lleve siquiera un pedazo a la boca.
Y buena está un rato buena, que ya me ocupo de echarle una cucharadita de agua al batirla para que esté más esponjosa.

Resultado: Salvo por el triunfo discreto del primer acercamiento, el resto de los enfrentamientos se pueden calificar de rotundo fracaso.

– Huevo pasado por agua
La desesperación me llevó a recordar esta forma de cocinarlo que tanto le gustaba a mi hermana.
Es una receta sencilla, pero hay que estar bastante pendiente del reloj. Cuando el agua (con sal para que no se agriete) rompa a hervir, contamos cuatro minutos para que la clara esté bien hecha y la yema líquida. A quién le guste poco cuajado, que le reste un minuto.
Lo enfriamos bajo el agua, lo rompemos por arriba y lo servimos en una huevera. Si le añadimos un chorrito de aceite y tostamos un poco de pan para mojar, el plato gana mucho.

Resultado: Nunca hemos pasado de un humilde empate. Un poco más de entrenamiento y tal vez podamos rascar alguna victoria.

– Huevo escalfado
Me estaba quedando sin opciones, al borde de la rendición, cuando barba-papá acudió al rescate. Hay formas más sofisticadas de preparar un escalfado, pero la desgana nos llevó por el lado fácil.
Pon agua con un chorreón de vinagre. Mientras, vierte el huevo en una taza procurando no romper la yema. Una vez rompa a hervir el agua, retira del fuego e introduce la taza dejando entrar el agua caliente poco a poco. Una vez el huevo esté en la olla, deja cocer 3-4 minutos.

Resultado: Tras el sonoro descalabro inicial, decidimos destituir al entrenador.

– Tostadas francesas
Mi as en la manga. Con esta receta me la camelo, fijo.
Batimos el huevo en un plato con un chorreoncito de leche. Moja las rebanadas de pan (lo ideal es utilizar pan de molde) por ambas caras y fríelas en una nuez de aceite.
Si lo tuyo es el dulce, espolvorea azúcar y canela. Añade miel, mermelada o fruta fresca. Y en salado quedan geniales con queso fresco, o con unas lonchitas de tomate y jamón serrano (joe, si al final me las como yo pues me pongo exquisita!)

Resultado: Partido sin disputar.

En definitiva, que no pienso desistir, que a pesar de los escollos, esta niña promete, que yo tengo buen ojo para estas cosas. Entretanto, se admiten sugerencias culinarias 🙂

¡Feliz fin de semana!

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Nadie es perfecto

Una característica común a todas las madres es que se nos llena la boca hablando de las bondades de nuestro retoño. Presumimos contando la última anécdota o enseñando su nutrido álbum de fotos. No hay defecto que no sepamos maquillar, o trastada que no podamos minimizar. Nuestro hijo es el mejor, qué le vamos a hacer.

Pero siempre me he preguntado: ¿Es posible que exista alguna madre que no piense así? ¿una madre que tenga la certeza de que su hijo no es ni será jamás perfecto?

Sí, las hay. Están entre nosotras, aunque prefieren pasar desapercibidas por el miedo al qué dirán. Por proteger a sus hijos de miradas inquisidoras.

Hace poco conocí a una de esas madres. Una luchadora. La madre de un lunes.
Entendereis que hable de forma anónima, para evitar represalias.

HijoLunes

“Era mi primer hijo, y a pesar de mi inexperiencia y de que todo parecía marchar bien, yo intuía que mi bebé no era como los demás.
Para una madre es muy duro que el pediatra le diga que su hijo está enfermo, que sufre, pero realmente, lo peor que le puede pasar es que le diga…que su hijo es un lunes!

Las posibilidades son pocas, pero están ahí. Deseas que tu hijo hubiera sido un sábado, aunque, con un jueves te habrías conformado…con un miércoles tal vez también. Pero, ¿un lunes? ¿cómo no supiste verlo? Te paras a pensar y caes en la cuenta de todas esas señales que no quisiste ver:

Lo madrugador que era. Se levantaba casi al alba y no había manera de que volviera a la cama, siempre tenía prisa por levantarse.

– Adoraba el despertador. Lo ponía sólo por el placer de oirlo sonar.

Era muy activo, y la única manera de soportarlo por las mañanas era haberte tomado una taza grande de café. Aún así, sólo descansabas tranquila al acabar el día.

No tenía amigos. Es muy duro ver cómo los demás niños le miraban con recelo, le ignoraban. Nadie en el parque quería jugar con él.

Era muy exigente. No me dejaba descansar un minuto y yo me sentía abrumada con la carga de trabajo que me daba.

El tiempo junto a él pasaba más lento. Veía moverse las manecillas del reloj, pero las horas no parecían avanzar. Cada mañana se me hacía eterna.

Ya de mayor trabajaba sin descanso. No dejaba hueco para desconectar o salir a divertirse, por no hablar de su obsesión por empezar a comer sano, a ponerse a régimen.

Sabemos que es un niño único, que no gusta,  que mucha gente  se siente incómoda junto a él. Creo que no se molestan en conocerlo mejor. Por eso me gusta recordar que nadie es perfecto, y que todos nos merecemos una segunda oportunidad.”

 

Y vosotros, ¿qué pensáis? ¿Le damos una oportunidad a este lunes? 🙂 Feliz día!!

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No me gusta San Valentín, me gustas tú!

san_valentin

No podía dejar pasar este día sin escribir, pero como no me gusta San Valentín, esta entrada va dedicada a todos aquellos a los que como a mí, esta fecha os trae un poco (o un mucho) al pairo. Para vosotros, y para barba-papá ♥, of course, aquí va mi interpretación del día de los enamorados.
Porque no me gusta San Valentín, me gustas tú!!

Ni que decir tengo que teneis mi permiso para utilizar la imagen y fardar enviándosela a vuestros amores. Eso sí, una mención plis, que aquí la que se la ha currado ha sido servidora 🙂

Venga, a disfrutar del día!

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El noble arte de la lentitud

La lentitud me desquicia. No puedo con esas personas que dilatan cualquier actividad cotidiana más allá de lo necesario. Vale que cada uno tiene un ritmo diferente, y que antes de hacer algo es indispensable pararse a pensar, trabajar el detalle, meditar. Pero, ¿realmente es necesaria tanta calma para enjabonarte o ponerte la camisa? Eso no es movimiento slow ni nada, eso es que se te caen los hue**s!

Pues muy a mi pesar, tengo dos ejemplares de esos en casa. Adivináis quiénes son, ¿verdad?

lento

Barba-papá es un auténtico maestro en el noble arte de la lentitud. Se desplaza parsimonioso por la casa con sus quehaceres diarios. Hasta cuando tiene prisa va desacelerado! Evidentemente, junto a él parezco siempre una loca desquiciada, pero chico, se puede cocinar con amor y dedicación y que se note que te corre sangre por las venas, digo yo.

Y cuando creía que ya había tocado techo, que lo había visto todo, toma, dos tazas! La gordita, como digna sucesora de su padre pone a prueba mis nervios y se acerca a lo más alto del ránking de los tardones.
Éstas son sus mejores marcas:

* Hora y media del show carcajadas, bailes, besos y piruetas, sesión de peluquería incluida, antes de quedarse dormida. Por fortuna, el nivelón de esta marca hace que sea difícil de batir, aunque no cantemos victoria aún.

* Cuarenta minutos de conducción temeraria de un cesta de supermercado cuando sólo íbamos a comprar pañales. Incluyo aquí los cinco minutos de aferrarse a una cesta ajena que espero no se repitan.

* 35 minutos para bajar la calle. Peor que un japonés con una cámara. Todo es digno de deleite: un poco de musgo, la tapa de una alcantarilla, o sus propios zapatos. Y cuando lleva avanzados unos metros, vuelta sobre sus pasos. Desesperante!

* Dos horas de paseo de tostada por toda la casa. Debe ser que se le entumece la mano, o que olvida que la lleva, porque ni se la come ni la tira, simplemente la sostiene. ¿Esto seguro que no puntúa para las olimpiadas?

* 15 minutos de espejo para vestirse. Una manga…me miro al espejo, otra manga…me vuelvo a mirar y sonrío. Me giro, me escondo, me hago la despistada, me vuelvo a mirar al espejo y tiro un beso. Ahora el pantalón. Niña, que pareces un anuncio de colonia!

Como veréis, estoy en clara desventaja, me ganan por goleada. Además, con lo cabezona que es la jodía y lo que entrena, la cosa pinta cada vez peor.

¿Alguna sugerencia? Yo por si las moscas voy a ir buscando unas clasecillas de yoga o meditación, y me voy a ir leyendo el manifiesto slow por lo que pueda pasar…pero sin prisas! 🙂

prisas

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